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Desde el inicio, los analistas políticos de la derecha pronosticaban que la instalación del gobierno de Piñera no sería algo simple. Se preveía que el descontento social, que le estalló en la cara los 3 primeros meses del gobierno de la socialista Bachelet, también golpearía al empresario presidente. Sin embargo, el terremoto que azotó al país le dio una tregua dramática e inesperada a Piñera.
Sin embargo, los últimos 3 meses, esta situación ha cambiado. La huelga de hambre de 34 prisioneros políticos mapuches y el encierro de 33 mineros bajo más de 700 metros de roca, han tensionado al gobierno a actuar por primera vez en una dinámica de tensión política máxima.
En el caso de los mineros, el gobierno se exponía, y los sigue haciendo, a la crítica a un modelo de desarrollo económico que promueve la generación de riqueza aunque sea a costa de la sobreexplotación y la vida de los trabajadores. La hoy mundialmente famosa Mina de San Jose se transformó en una suerte de reto mayor para el gobierno de Piñera, el que de fracasar se arriesgaba a una crítica feroz de parte de la comunidad chilena e internacional.
Pasada la primera etapa de desconcierto, el gobierno jugó a transformar un gran fiasco en una gran victoria. Lejos de quitar presión sobre el hecho , se dio la tarea sistemática de transformar este hecho en un show televisivo mundial. El ruido mediático terminó por hacer inaudibles todas las críticas al modelo económico chileno, las que quedaron relegadas a la categoría de meras opiniones marginales. Se impuso el patriotismo, el juego emocional y la “alta” tecnología.
Con esta gestión, el gobierno de Piñera demostró su enorme capacidad de manejo mediático y al mismo tiempo la importancia que tienen los medios de comunicación en el contexto de un país neoliberal. La creación de imágenes y el discurso directo y concreto amplificados por los medios constituyen elementos prácticamente incontrarrestables desde los discursos meramente contestatarios. |