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El núcleo del conflicto boliviano: la estructura de propiedad de la tierra

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Ramiro Lizondo Díaz [Bolivia]

Un centenar de clanes familiares en Bolivia, poseen y concentran 25 millones de hectáreas de las tierras más fértiles, los bosques y enormes yacimientos de gas, petróleo, minerales y biodiversidad.  Además, controlan la agroindustria, el comercio exterior, la banca, la casi totalidad de los grandes medios de comunicación y con todo ello el poder político. No por casualidad son los principales opositores al proceso de cambio que encara el Gobierno popular de Evo Morales.

 

Estas familias, en su mayor parte de origen extranjero, poseen cinco veces más que dos millones de campesinos e indígenas bolivianos que solo trabajan en cinco millones de hectáreas en sistemas de minifundios degradados por la sobreexplotación agrícola y la baja productividad.

En el Departamento de Santa Cruz, según los datos del Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA), sólo 15 de éstas familias disponen de medio millón de hectáreas obtenidas de forma fraudulenta durante las dictaduras militares de las que formaban parte así como de los gobiernos neoliberales corruptos que ellos mismos implementaron hasta hace dos años atrás. En promedio, en Bolivia, una familia de terratenientes detenta un cuarto de millón de hectáreas (250 mil) de tierra fértil, en tanto que una familia campesina apenas posee una hectárea con poca capacidad productiva.

La actual estructura de propiedad de la tierra es insostenible no sólo en términos económicos y ambientales, dado que este factor sirve para perpetuar un modo de producción intensivo en recursos naturales, pero también sirve para la especulación con tierras y para ampliar indefinidamente la frontera agrícola y ganadera con graves efectos ambientales y ecológicos debido a la deforestación, sino porque dentro de estas "propiedades" existen pueblos originarios en condiciones de servidumbre. Se han apoderado no solo de tierras, sino del agua de los ríos y lagunas, de parte de la propiedad pública como es la infraestructura de caminos, etc.

La redistribución del poder territorial que lleva adelante el gobierno de Evo Morales, supone revisión de dicha estructura de propiedad de la tierra. La abierta sedición de los grupos de poder en Bolivia tiene su núcleo precisamente en este conflicto. El hecho de que un gobierno indígena y popular cuestione dicha propiedad significa revisar las bases mismas de su reproducción como clases dominantes. Por eso están dispuestos a todo.

Ahora le toca a los movimientos sociales e indígenas, encarar el referéndum dirimitorio sobre la máxima extensión de la propiedad, definir si ésta es de 5.000 hectáreas ó 10.000 hectáreas. El resultado tendrá un carácter vinculante en la Nueva Constitución Política del Estado. En todo caso, los grandes terratenientes y especuladores deberán devolver al dominio del Estado, las tierras excedentes que poseen una vez que este nuevo contrato social entre en vigencia. Ahí radica la importancia del proceso de cambios que se desarrolla en Bolivia.

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