Las últimas elecciones municipales y regionales celebradas en la República Bolivariana de Venezuela, este 23 de noviembre de 2008, han arrojado una serie de resultados complejos que han permitido el surgimiento de lecturas múltiples y dispares a la hora de valorar estos comicios, la mayoría de ellas poco apegadas a la realidad. Tanto sectores de la oposición como del chavismo, han entrado en una dinámica de lanzar reflexiones al calor de la tensión postelectoral, que requieren una revisión desde una óptica más serena y sosegada.
La lectura “triunfalista” de la derecha.
La oposición, apoyada incondicionalmente por sus medios afines, está generando una matriz de opinión triunfalista, donde da la impresión de que habrían derrotado de nuevo –tras su primera “victoria” en el referéndum de la reforma constitucional de diciembre de 2007- al movimiento bolivariano. Para sustentar esta idea, aseguran que han logrado vencer en los estados más poblados del país (Zulia, Carabobo y Gran Caracas), además de Nueva Esparta y el geoestratégico Táchira, lo que significa que gobernarán un territorio donde habita el “45% de la población total del país y se genera el 70% del Producto Interno Bruto nacional”. Un análisis muy próximo a la demagogia, ya que las gobernaciones manejan un porcentaje mínimo del PIB, el cual está en su mayor parte, bajo control del gobierno nacional.
A esto, hay que añadir la percepción que la maquinaria global mass mediática está extendiendo por todo el mundo, respecto a la supuesta división entre los “centros urbanos favorables a la oposición” y las “zonas rurales afectas al chavismo”. Detrás de esto, pareciera que se ocultaría de manera sibilina, la malintencionada pero falsa fractura sociológica entre la urbe “educada” y el campo “ignorante”. Algo muy alejado de la realidad, ya que aunque en el ámbito rural el apoyo a Chávez es mayoritario, en las ciudades el voto está muy equilibrado, como lo demuestra la victoria del bolivarianismo en Anzoategui, Aragua y Lara.
La lectura “catastrofista” de algunos sectores del chavismo.
Paralelamente, tras el golpe electoral del referéndum del año pasado, y la catarsis reflexiva posterior, pareciera que algunos sectores del chavismo están obsesionados con vislumbrar una panorama cada vez más catastrófico para el futuro de la Revolución Bolivariana, y han buscado fortalecer esta visión basándose en una lectura parcializada de los resultados del 23 de noviembre.
Han sobredimensionado la conquista por parte de la derecha de los Estados Carabobo y Táchira, y de la Alcaldía Mayor de Caracas, cuando en realidad la victoria de estos ha sido por un porcentaje muy ajustado, lo que significa que el panorama actual está más cerca de un equilibrio muy conflictivo, que de una hegemonía conservadora. Y lo que es más importante, donde sí hay una situación de hegemonía es en el mapa político nacional, donde el 78% de las gobernaciones van a seguir bajo control bolivariano. Sería bueno interrogarse sobre qué países del mundo presentan un dominio tan evidente por parte de una fuerza política, después de 10 años de gobierno.
La lectura “triunfalista” de ciertos sectores del chavismo.
Por otro lado, en el seno del movimiento bolivariano, algunos han desarrollado análisis justamente de signo radicalmente contrario, proyectando los resultados de los comicios como una victoria contundente, y con poco interés en una necesaria autocrítica. La dinámica que se intentó poner en marcha tras la derrota del 2007, basada en las 3R (revisión, rectificación y reimpulso), ha sido muy errática, y las rectificaciones en muchas áreas no se han percibido. El pasado 23 de noviembre, un porcentaje destacado del voto a los candidatos del chavismo, fue producto de la disciplina de miles de venezolanos que, aunque siguen desencantados con algunas fallas estructurales (corrupción, burocratismo, gestión ineficiente...) conscientemente decidieron sufragar para bloquear el avance de la derecha.
Frente a estos análisis excesivamente parcializados y fragmentados, es necesaria una lectura de los resultados electorales más dialéctica. En primer lugar, hay que establecer sobre todo una comparación con la última contienda electoral, el referéndum de 2007, y en menor medida con las regionales de 2004, porque los comicios actuales fueron asumidos por el gobierno, por la oposición, y por gran parte de la sociedad venezolana, como una medición de fuerzas tras la última batalla de diciembre pasado. Desde esta perspectiva, los datos no dejan lugar a duda: la oposición apenas mantiene el caudal de voto del año anterior, mientras que el bolivarianismo aumenta en más de un millón y medio, superando en más de un 12% a la derecha.
En segundo lugar, los resultados del domingo exigen una profunda autocrítica al chavismo, ya que reflejan el crecimiento en términos de madurez política de la ciudadanía venezolana, respecto al desempeño de los funcionarios públicos electos. Allá donde se perdió, fue producto del voto castigo contra una mala gestión, de la misma manera que volvieron a triunfar, muchos de aquellos que han tenido un desempeño eficiente, como lo demuestra la victoria aplastante de alcalde de Barquisimeto, Henri Falcón, a la gobernación de Lara.
La sociedad venezolana, cada vez más exigente con sus servidores públicos, ha vuelto a refrendar, con espíritu crítico, la orientación de la Revolución Bolivariana. Las próximas elecciones a la Asamblea Nacional de 2009, volverán a servir como termómetro político de la marcha del proceso.