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Luego de la inviabilidad de laimplementación del modelo neoliberal en los países latinoamericanos-periféricos en el sistema capitalista mundial-, nuevos y viejos actorespolítico-sociales han quebrado las paredes de los parlamentos y de las sombríasoficinas de los partidos donde se encerraba la política para retornarla a lacalle y a sus gentes. Este nuevo paradigma representa, en cierta medida, el colofón(o punto de inicio si se prefiere) de un proceso de profunda mutación delproceso político, donde los movimientos populares han jugado un papeldeterminante.
Cambio en la morfología socio-política
Por una parte, el que fuera uno de los protagonistade los procesos de transformación social de los años 50’ a los 80’, elmovimiento estudiantil universitario, se encuentra en la actualidad en unproceso de declive. La elitización radical de las universidades, vía el alza delos costos y la introducción masiva de universidades privadas, terminó poralejar casi definitivamente a los universitarios de los problemas sociales del pueblo: más preocupados por su futuro estatussocial que por los problemas de pobreza, los universitarios (salvo excepciones)se suman a los llamados de las derechas preocupadas por la pérdida de susprivilegios. Por otra, el movimiento obrero, otro protagonista delas luchas desde principios del siglo XX, ha visto como la implementación delneoliberalismo no sólo debilitó al Estado, favoreciendo privatizacionesmasivas; sino que además se preocupó de que el cambio ideológico fueseacompañado de medidas que dificultarán la organización de los trabajadores: lapromoción del empleo flexible y precario, a través de la llamada Tercerizaciónde Servicios. Ante la incapacidad de organizar un movimiento obrero de masas,mayoritariamente caracterizadas por formas de producción informal e inestable,el sindicalismo empezó un repliegue en sectores públicos, dualizando el mercadolaboral. La compleja realidad de estos dos actores contrastacon la emergencia de nuevos actores que, si bien recogen gran parte del legadode lucha de los antecesores, los sobrepasan en cuanto a su capacidad deinsertarse en las dinámicas de transformación y lucha de los distintos procesospolíticos latinoamericanos. En el ámbito sindical, resulta paradigmático que,por ejemplo, la Central Obrera Regional del Alto (COR) -eje central de lasluchas sociales de Bolivia los últimos años- esté esencialmente compuestapor vendedores ambulantes y transportistas, graficando de esta manera lamutación social de una composición de proletarios urbanos versus unas basessociales que sobreviven bajo formas de empleo y autoempleo que nada tienen quever con el clásico trabajo asalariado. (Re)aparecen también, a nivel urbano, losmovimientos por la vivienda y los servicios básicos (agua, electricidad ytransporte, entre otros) que persiguen dignificar la vida cotidiana de quienesmal viven en ciudades que nunca fueron pensadas más allá de ser suburbios dondelos pobres podían vivir sus penurias. Por otra parte, encontramos al movimientoindigenista. Sus orígenes, vinculados esencialmente al antiguo movimientocampesino y luego de un largo proceso de alejamiento de los partidos que pretendieronrepresentarlos (salvo quizás el caso ecuatoriano), ha sido capaz de construirun perfil propio. Por toda América existe un proceso de reidentificación decolectivos que buscan proyectar y defender sus derechos a partir de posicionespolíticas que integran su dimensión histórica y la defensa de su cultura. Sumasividad crece en los distintos países y, la legitimidad de sus demandascomplejiza a los gobiernos que ven a estos movimientos como potencialesenemigos para sus proyectos político-económicos. Además, el movimiento indígena ha sido capaz degenerar, de forma cada vez más recurrente, alianzas sociales con actores comolos “Sin Tierra” u otros movimientos campesinos que cuestionan tanto lapropiedad de la tierra como el uso agroindustrial que se hace de ella,ampliando aún más su capacidad de incidencia política.
Amenazando al establishment
Por el contrario, desde la teoría política surgencríticas recurrentes a la movilización popular –en contraposición o, endetrimento de las tribunas del parlamento, según los casos- como motor de lapolítica. Hablan de retroceso democrático y se tilda de populistas a losgobiernos que profundizan los derechos del pueblo frente a los burócratas. Anteeste nuevo paradigma, los segundos ven como la toma de decisiones implicahacerse cargo de un enfrentamiento político y los pone en primera línea,control social que les resulta incómodo, sobre todo a aquellos que operabandesde las sombras. Inclusive los militares saben hoy que susintentos de Golpe de Estado acompañados de sus Toques de Queda, no tienen ya lamisma eficacia que hace algunos años. Los casos de Venezuela, con el golpe de Estado del 2002; de Bolivia, con la masacre de Pando; de Perú en elcaso de la masacre de indígenas de Bagua; y más recientemente, con lasmovilizaciones populares de Honduras para rechazar el Golpe de Estado quesitúan en la cuerda floja los golpistas; demuestran claramente que lamovilización en las calles es el camino de resolución de los momentos críticosque atraviesan los distintos países del continente. Y es que, en definitiva, la emergencia de losmovimientos sociales como el actor central de referencia política, como el queregula los ritmos de conflictividad de las sociedades latinoamericanas, ha rotola dinámica clásica de los equilibrios políticos, parte sustancial del sistemade partidos políticos. Por ello, se hace necesario redefinir “el juego”, elque requiere de constantes negociaciones mucho más complejas que permitan dotarde gobernabilidad los actuales procesos
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