 A principios de los setenta, irrumpía en el escenario internacional una crisis energética, económica y estructural del capitalismo que no finalizó su reacomodación hasta finales de los ochenta, principios de los noventa.
La élite dominante, salía vencedora de una encarnada lucha político-clasista en la que se desmantelaba el incipiente estado de bienestar y se recortaban muchos de los derechos conseguidos en la lucha de la clase trabajadora.
Los demócratas-liberales por su parte, concentrándose en la superación del keynessianismo y subordinando su acción política en pro de la competitividad. Se aferraron a la Tercera Vía, enterrando el déficit público y entregando la redistribución de la riqueza al omnipresente mercado.
Auge e implosión del sistema del sistema financiero
La acumulación capitalista, derivada de la privatización de los servicios públicos y la internacionalización de las empresas (antes estatales), dejó de estar orientada hacia la expansión de la capacidad productiva (economía real) para focalizarse en los mercados financieros, los que garantizaban a priori una mayor rentabilidad (especulación financiera).
Las mercancías perdían paulatinamente su valor de uso y el propio dinero es reproducía per se. Este proceso de estimular la demanda a través de los mercados financieros, dio nacimiento a lo que se llamó el keynessianismo financiero o “capitalismo flexible”
El hueco entre la economía real y la financiera, era cada vez mayor y, ni siquiera el estímulo de la productividad, inducida por la guerra de Afganistán e Irak, consiguieron reducirlo.
En julio de 2007 la quiebra de los fondos de inversión de alto riesgo sobre garantías hipotecarias de Bear Stearns marcaba el inicio de una importante falta de liquidez. A pesar de todos los esfuerzos públicos para recapitalizar los bancos (se estima que el Congreso estadounidense introdujo 5,1 billones de dólares!), la economía entró en una trampa de liquidez (en que el interés nominal era cercano a cero), se produjo un acaparamiento de fondos y el fin de los préstamos interbancarios.
En octubre de 2008, el diario inglés The Economist apuntaba hacia una ligera tendencia espiral hacia la “deuda-deflación”. El economista Irving Fisher describió este efecto en 1993 para explicar la Gran Depresión de los años treinta y la crisis de 1990 de Japón, describiendo que la deflación causada por el endeudamiento reactúa sobre la deuda, ya que cuando los deudores se ven obligados a poner a la venta los activos para hacer frente a sus pagos generan una bajada en los precios. Esto supone que las deudas futuras tendrán que pagar a un precio más alto del dinero por el obtenido a través del crédito, lo que produce nuevos impagos y más bajadas en los precios.
En el fondo, la crisis es una respuesta al desequilibrio entre el crecimiento de la economía real (más lenta) y la financiera. Esta última fue la que implosionó cuando el capital intentó hacer efectivos sus ganancias especulativas.
En la Unión Europea la crisis no impacta por igual a todos los países europeos. Tal y como apunta Daniel Munevar, economista del CADTM "se demostró la inviabilidad de estabilizar la moneda común y, a la vez, que Alemania emprendiera políticas de moderación salarial y comercial que mantenían el consumo por debajo de las tasas de crecimiento del resto de Europa. Esto generó un déficit estructural hacia la periferia europea, dado que el Banco Central Europeo se negaba a subir la tasa de interés o / y los países europeos no implementaban controles de capital. Los patrones comerciales fomentaban la entrada masiva de flujos en la periferia. Estos generó, por un lado, la aceleración del crecimiento relativo de los precios en la periferia europea (reduciendo la competitividad de estas economías debido a la diferencia de los costes salariales a favor de Alemania), y por otro, generó cantidades insostenibles de endeudamiento"
Hacia la respuesta política
En términos general, la situación descrita recuerda el contexto que ha tenido que afrontar, a partir de los años 50 'ya lo largo de varias décadas, América Latina. La impostura de Europa ha sido desvelada.
Todo apunta a que el capitalismo financiero vuelve a mutar para afrontar una nueva fase de acumulación. El endeudamiento de la periferia de los países del capitalismo central-consecuencia de la fase anterior de acumulación-, se mostraría como un activo que, a pesar de no generar unos beneficios tan grandes como los obtenidos por los valores especulativos, aseguraría la recuperación de la inversión a medio y largo plazo. Esta mutación, pasa por limitar la soberanía de los estados en la toma de decisiones públicas, y vendría avalada por la actuación del Fondo Monetario Internacional, actuaría conjuntamente con una limitación del déficit público (recortes sociales) para garantizar su valor.
Las similitudes, con el proceso de endeudamiento latinoamericana, aunque lejanas en el tiempo, resultan evidentes; crisis estructural, desmantelamiento del Estado y endeudamiento masivo. Todo con el único fin de mantener funcionando al capital, incluso a costa de hipotecar generaciones en el pago de una deuda de la que no tienen ni culpa, ni recibirán ningún beneficios.
Si no queremos sufrir una nueva y más salvaje involución de derechos, el contexto de una crisis sistémica (que algunos han definido como civilizatoria) ofrece una enorme oportunidad para que la izquierda recupere la hegemonía política. Pero debemos tener en cuenta que se trata solamente de "una oportunidad". La historia nos ha enseñado que estas oportunidades pasan y el capitalismo es capaz de retomar su camino. |