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Los debates de cifras, normales después de un proceso electoral, están a la orden del día al hablar de Venezuela. Pero más allá del debate de cifras, puede resultar complejo establecer una opinión cuando, como lo saben todos los políticos, los resultados electorales la mayor parte del tiempo dan para que casi todos celebren su victoria.
Son raros los casos en los que una fuerza política reconoce su derrota. La única excepción suelen ser las elecciones presidenciales, único momento en donde se juega el todo por el todo.
Por ello, para el análisis político el asumir el juego democrático en el marco de un sistema de partidos implica necesariamente tomar una distancia que permita ver el proceso y no solo el resultado de una elección, por importante que esta sea.
Desde esta perspectiva, una de las cosas más relevantes de destacar al hablar del proceso electoral en Venezuela es constatar que el universo total de votantes ha vivido un crecimiento espectacular, pasando de casi 12 millones de votantes inscritos en el año 2000, a cerca de 18 millones en el 2010.
En 10 años se incorporan al padrón electoral 6 millones de nuevos votantes. Todo un ejemplo para las democracias occidentales que constatan con desgano que cada día son más incapaces de motivar sus electores.
Coherente con su estrategia de profundizar la democracia, el gobierno desarrolló una campaña que hizo del tema del voto un problema estructural de la revolución. El discurso de Chavez planteaba que la revolución para profundizarse necesitaba que los sectores populares no solo se incorporaran a las movilizaciones callejeras, sino que también se convirtieran en ciudadanos con derechos políticos. Y el pueblo venezolano así lo entendió, inscribiéndose masivamente en los registros electorales.
A través de este tipo de acciones, los venezolanos demuestran su apego a la democracia popular y su abierta disposición a que los procesos políticos sean resuelto por las mayorías, desentendiéndose de las opciones que desde los extremos plantearían la necesidad de acabar con el juego electoral y pasar a un momento de definición más basado en la fuerza material.
Como lo hizo Allende en Chile, el pueblo venezolano entiende y acepta que los caminos de la revolución pasan por las urnas.
Sn embrago, esta apuesta por la democracia, y por el juego de los partidos, pasa por un momento más que delicado. El sistema de partidos se ha prácticamente dualizado en Venezuela. Dos grandes bloques se encuentran disputando los electores. Y los nuevos votantes también se encuentran en disputa,
Lejos están ahora los tiempos en que la revolución bolivariana se planteaba consolidar el proceso a través de la obtención de 10 millones de votos, allá por el 2006.
Puesto en blanco y negro, la situación después de la última votación es la siguiente: 5.422.040 votos para la revolución y 5.320.175 votos para la oposición. Solo existen 100 mil votos de diferencia, lo que, si bien democráticamente es muy importante, en términos estadísticos es absolutamente irrelevante.
Más allá de los elementos circunstanciales que rodearon esta elección hace ya unos años que las elecciones venezolanas vienen marcadas por esta estrecha diferencia. El año 2007 la derecha ganó el rechazo a la nueva constitución por 120 mil votos.
El tiempo ha demostrado lo complejo que resulta avanzar en la construcción de una sociedad socialista respetando la estructura del sistema de partidos políticos. El pueblo cree y quiere participar de la democracia venezolana.
Sin embargo, cabe plantearse si al estrecharse el margen de diferencia en las votaciones esto implicará un cambio en la forma de negociar por parte del gobierno con los distintos representantes de los partidos políticos minoritarios. Y si estas negociaciones dinamizarán, o al revés, retrasarán el profundo cambio político, de modelo productivo y social que requiere Venezuela. |