El 26 de septiembre es la fecha indicada para lo que, la prensa mundial, ya asume como la nueva evaluación del gobierno de Chávez. Porque cuando se trata de Venezuela nunca se trata de procesos electorales “normales”, sino de oportunidades para atacar al Gobierno Bolivariano.
La prensa y los tribunales españoles se han convertido en la punta de lanza de los intereses desestabilizadores de quienes miran con recelo hacia Latinoamérica.
La dureza analítica de los periodistas al atacar a la dictadura cubana, o al indigenista Evo Morales, encuentra, menudo, una batería de argumentos proporcionados por diligentes jueces de los tribunales españoles.
Asumiendo el rol protagónico que le toca Chávez lanza la propuesta de crear una organización de carácter mundial a través de la cual se coordine a los partidos de la izquierda y a los movimientos sociales. Un reto asumido con una mezcla de sorpresa e incredulidad por la izquierda mundial.
Pareciera que la formación militar de Chávez le sirve prácticamente en cualquier momento. Apenas el líder de la revolución bolivariana siente un riesgo de encierro de inmediato emprende hábiles maniobras que le permiten salir del mal paso, desconcertando a sus enemigos y estimulando nuevamente a sus tropas.
Su última gira internacional tiene mucho de esto. Este pareciera ser el objetivo de la realización de una gira internacional justo en el momento en que parecía que la existencia de un acuerdo mediático internacional emprendería un camino desestabilizador hacia dentro y hacia afuera.
El proceso venezolano ha transitado por distintas etapas, al cumplir su primera década. Y en estas distintas etapas las alianzas que han permitido que la revolución bolivariana siga avanzando han sufrido también una serie de modificaciones.
La ofensiva de Chávez luego de su última victoria electoral, parece estar recibiendo los primero golpes desde la derecha. Sin embargo, el cuadro parece ser singular. Disminuidas las posibilidades de agitación y desestabilización al interior del país, la derecha busca alianzas externas que le permitan golpear al proceso revolucionario venezolano, aunque sea de manera indirecta.
Al igual que en otros países del continente Venezuela nuevamente enfrenta un tensionado escenario político interno. La estrategia de Chávez de una revolución democrática en permanente estado de ratificación, hace que no puedan pasar más de 12 meses sin que exista una votación trascendente para el futuro del proceso político.
La incredulidad y desconfianza que reinaban entre la izquierda tradicional los primeros años del gobierno de Chávez, parecen volver a cobrar vigencia.
Abundan los artículos en los que, desde distintos frentes se analizan las deficiencias del proceso de la Revolución Bolivariana, sobre el excesivo liderazgo de Chávez o sobre la corrupción que abunda en los distintos servicios del Estado.
De una forma más o menos articulada se confluye en la imagen de un aparente desgaste y se avizora una posible crisis de consecuencias catastróficas si en el próximo proceso electoral el chavismo pierde su mayoría en el parlamento.
Hacia el exterior, la figura de Chávez es cada vez más caricaturizada por los medios de comunicación como el gran “titiritero” detrás del cual se esconden Zelaya, Funes, Lugo y una lista cada vez mas larga de dirigentes progresistas.
Desaparecido el “peligro rojo” y el miedo al comunismo, se necesita una figura de reemplazo. Por ello la necesidad imperiosa de llevar a Chavez a la categoría de dictador con ánimos expansionistas. Un juego en el cual el presidente no se siente necesariamente incómodo y que usa muchas veces como un arma que le permite aumentar su peso relativo en el contexto geopolítico a nivel latinoamericano y mundial.
Hace ya meses que la administración Obama venía preparando su ofensiva hacia latinoamerica. El cambio de discurso ensayado por el presidente de EE.UU debía ser acompañado de una practica que fuera capaz de reposicionar al gobierno del norte frente a los nuevo liderazgos populares que emergen esta última década en el panorama americano.
Agotadas las fuerzas internas para estimular la revuelta contra Chávez, la derecha venezolana, sin ningún pudor, llama refuerzos desde el exterior. Y Vargas Llosa, cual capitán yanqui del 7º de caballería, encabezó la llegada de un nutrido contingente de supuestos intelectuales que pretendían lanzar su mensaje de liberación desde el corazón mismo de la revolución bolivariana.
Cuando aún no se acallaban los discursos que intentaban interpretar los resultados del pasado proceso electoral, en el Estado venezolano de Aragua se registraba el asesinato de los compañeros Richard Gallardo, Luis Hernández y Carlos Requena, dirigentes sindicales de la organización Unidad Socialista de Izquierda y de la Unión Nacional de Trabajadores, UNT.